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Mi Padre

Lo último que recuerdo de mi padre fue una pelea con mi madre, él había llegado muy tarde en la noche y había bebido mucho. Yo podía oler ese aroma a ron desde mi habitación y así me di cuenta que llegó. Percibí su asqueroso olor y escuché sus torpes zapateadas en el suelo, intentando caminar. Mamá lo enfrentó, estábamos hartos de su comportamiento y ya no lo soportábamos. Papá siempre nos golpeaba cuando tomaba. Y a mamá ya no le quedaban lagrimas para llorar, así que le reclamó y le dijo que no debía volver a beber. Mi padre se burló, no podía creer que un ser inferior a él le estaba ordenando algo. Él siempre fue así. Y tenía razón, me explicaba todos los días que las mujeres son un simple acompañamiento del hombre, así como la ensalada a la carne. Ese día mi papá golpeó a mi madre más duro de lo normal, yo lo escuché y quise bajar, pero mis piernas no me respondían, mis manos temblaban y por mi mente solo pasaban esos recuerdos de dolor gracias a mi padre. Le tenía miedo y no me atreví a ir a ver qué pasaba. De repente escuche un fuerte golpe y me arme de valor para ir a donde estaba mi madre. Cuando bajé encontré mamá con una gran herida en la cabeza y a mi padre huyendo en su auto. Pues ella había llamado a la policía. Entonces mientras mi padre huía se chocó. Ese día perdió la vida.

Yo era muy joven, tenía unos 10 años y nunca pude perdonar a mi madre por lo que hizo, la culpaba de la muerte de mi padre, ya que, si ella no lo hubiera acusado, él seguiría con vida. Lo extrañaba mucho y a pesar de que amaba a mamá, no la podía ver de la misma manera, entendí que mi padre siempre tuvo la razón, las mujeres son débiles. Si tan solo ella se hubiera defendido por su cuenta, él estuviera con nosotros.

Cuando cumplí 16, algo muy raro pasó, fue el día en el que le dije a la chica que me gustaba, Eli, lo que sentía y gracias a eso, empezamos a salir. Ese día el apareció, mi padre estaba ahí. Al principio me asusté, volvió ese escalofrío en la espalda y la voz me tambaleaba. Él vino a visitarme para felicitarme sobre mi nueva novia. A veces lo veía bien vestido y arreglado, otras veces lo veía todo ensangrentado y herido, como la noche en la que murió. Unas semanas después apareció de nuevo. Simplemente para aconsejarme. Me explicaba lo que es una relación y que en ella lo más importante es la intimidad. Él siempre fue misógino y machista, no sé por qué, pero siempre vio a las mujeres como inferiores. Y lamentablemente aquel niño débil de diez años no pudo confrontarlo. Tanto miedo le tenía que empecé a aceptar sus opiniones, hasta que un día empecé a pensar que lo que decía era cierto. Con buenas relaciones sexuales se puede lograr una buena relación sentimental, o al menos eso decía. Yo, siendo ignorante, dije que estaba de acuerdo. Tampoco podía oponerme contra mi padre. Al escuchar sus palabras, yo ya sabía cuándo lo iba a hacer. En unas semanas mi amigo iba a dar una fiesta en su casa, le comenté sobre mi situación y el emocionado me prestó su cuarto.

A lo largo de la semana, en la que se iba a dar la fiesta, mi padre me daba consejos sobre relaciones, como enseñar quien manda, o cosas así. Por obedecerlo mi novia y yo tuvimos una pequeña discusión. Mis palabras y mi pensamiento superior la ofendieron. Busqué consejo a mi madre y ella me recomendó que me disculpara, así lo hice. Un día hablamos y le ofrecí mis disculpas. Ella, aunque las aceptó, dijo que no podía tener algo con una persona que tenga ese pensamiento. Ese momento me causo daño y como el típico adolescente, caprichoso y egocéntrico, busque a un culpable. ¡Mamá tonta!, es la última vez que confío en una mujer. Desesperado acudí a mi padre. El solo movió su cabeza de lado a lado, sus ojos mostraban decepción. Él me dijo: “De todo lo que te enseñé, lo más importante es la posición de las mujeres ante el hombre, debes mostrar quién manda”. Y así lo planeé, ese viernes iba a hacer lo que mi papá dijo en primer lugar, no importaba nada.

Pedí a mi madre que me ayudara a prepararme para la fiesta, ella sugirió que lleve rozas a Eli y que hable con ella. También me enseñó unos pasos de baile. Fue una gran tarde, reímos mucho. Yo estaba nervioso por la fiesta, pero ella me calmó. A pesar del daño que me causó mi madre yo la amaba, ella es la única familia que tengo y disfruto pasar tiempo con ella.

 Cuando llegué, reconocí algo que no había percibido en años. Ese asqueroso aroma que arruinaba mi hogar en las noches, solo que ya no me olía tan mal. Ahora ese “asqueroso” olor me causaba interés. Entonces, vi a la silueta de mi padre señalando al ron. Él me ordenó que lo probara y así lo hice. Debo admitir que no me encantó, pero aun así, seguí tomando, no soportaba la idea de que mi padre se decepcionaría si no lo hacía. Así que seguí, él solo me veía hacerlo. Su mirada era penetrante y me obligaba a beber.

Me di cuenta de que, mientras más alcohol había en mi sangre, más lo veía. Y quería verlo, quería ver a mi padre, realmente lo extrañaba y aunque no entendía por qué aparecía, yo quería verlo. Entones él señaló otra vez al ron y cuando estaba acercándome para seguir bebiendo él desapareció. Su silueta fue borrada por Eli, ella se acercó a saludarme. Le di las rozas y baile con ella. La pasamos muy bien. “¡Gracias, mamá!”.

Eli fue al baño por un rato, en ese momento apareció mi padre. Y me recordó mi objetivo esa noche. Yo ya no quería hacerlo, realmente la estaba pasando bien y estaba recuperando las cosas con Eli, pensé que hacer lo que mi padre decía era algo agresivo, incluso para una mujer, y se lo dije a mi padre. El no aguanto la ira y me gritó en frente de toda la fiesta. Dijo que tenía que hacerlo, si no, él me iba a golpear. En ese momento me regresaron todos los malos momentos que él causó y que yo nunca debía cuestionarlo. Tanto miedo le tenía que no pude controlarme. Y entonces, sin más remedio lo intenté.

Engañé a Eli para que suba al cuarto, diciendo que dejé mu celular ahí. Así que subimos y me acerqué a besarla. Ella retrocedió su cabeza y me reclamó. Entonces me vino ese recuerdo de mi padre, cuando se burló de mi madre, porque un ser inferior le reclamaba y ordenaba. Y me acordé de que por ese comportamiento papá murió. Mi mente se llenó de odio y mi cuerpo ya no me obedecía. Perdí el control de lo que hacía, ahora solo miraba horrorizado lo que mi padre hacía con mi cuerpo. Entonces lo hizo, pero no era lo que yo quería y cuando recuperé el control ya era demasiado tarde. Ella estaba llorando y yo era quien causó eso. No puedo olvidar aun sus ojos, que mostraban miedo y asco al verme. Nunca me había sentido tan asqueado de mí y de mi padre. Me odiaba y entonces, ya cansado lo enfrenté, a mi padre. Lo saqué de mi mente. Esa noche al llegar a mi casa, entendí todo. Mi madre no tuvo la culpa de nada, y fue muy fuerte al enfrentarlo. Hombres como él, y ahora hombres como yo, no estábamos en lo correcto. Ya no soportaba la culpa. No me justificaba de nada, todo había sido culpa mía.

La mañana siguiente un sonido me despertó, era el sonido de unas sirenas. Sabía lo que venía, pero no iba a ser cobarde como mi padre. Me subí en la patrulla y el policía me explico que Eli intento suicidarse. Ella ya tenía problemas y luego llegué yo, no la culpo. Por suerte no lo logró. Pero por el intento, hicieron preguntas y por las preguntas, ella contó lo que había pasado. Yo confesé, no soportaba la culpa ni la vergüenza.

– “¿Y cómo te sentiste al confesar?”

– “Nunca pude sentirme satisfecho, lo que hice estuvo muy mal, ella casi muere por mi culpa”.

– “Bueno, se nos acabó el tiempo de la sesión de hoy, pero diste un gran avance, ya reconociste lo que paso. Te esperaré mañana para la siguiente sesión”

– “Gracias señorita Vintimilla”

Esa fue la conclusión de la primera semana de terapia. Me sentenciaron a eso y a poco más, pudo ser mucho peor. Ahora entiendo, nada justifica lo que hice. Y nunca debí hacerlo. Quisiera poder explicarle todo a Eli, pero no tengo cara para acercarme a ella.

La última vez que vi a mi padre fue en mi habitación. El dijo que me iba a herir y así lo hizo. Además de todos los golpes que me dio, él saco un cuchillo. Ya sabía lo que venía, y al querer despedirme de mi madre solo grité por ayuda. Papá había cortado mis venas. Mientras yo me desangraba en la bañera lo veía burlándose de mí, pero de la nada desapareció y vi el cuchillo en mis manos, así me di cuenta de todo lo que había pasado no lo había hecho él. Y en un último momento de vida, lloré.

 

Anónimo

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