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LA CAMPANADA RICAURTEÑA

En una parroquia cercana de Cuenca, donde parece que todo es normal. La gente es acostumbrada al frío, ya que viven al inicio del collado. Ricaurte, lugar donde el mote no puede faltar en la mesa el rato de comer y todos conocen la tienda de ´´Los Sánchez´´ y el hornado de la vecina.

Pero hay una historia que muy pocos los saben. Hace 67 años, cuando Ricaurte aun no era considerado una parroquia, era un pueblito de paso, tenía su iglesia y algunos ganaderos que tenían sus vacas y borregos. El padre Tapia daba misa todos los días a las cuatro de la tarde, a la cual las mujeres casadas con los ganaderos acudían siempre.  Al final de la misa el padre Tapia siempre daba las gracias al servicio del campanero Juan Toledo, decía que si no fuera por el estaríamos desubicados en el tiempo, pues él era el encargado de dar las campanadas a las seis de la mañana para rezar el rosario, a las doce del mediodía para el almuerzo, a las 4 de la tarde para la misa diaria y a las 8 de la noche para anunciar la cena.

El pueblo estaba acostumbrado a escuchar las campanadas, todos los días era normal. También era normal escuchar que ahí arriba en el campanario se rieran a carcajadas todos los días a las 3 de la tarde, una hora antes de que empiece la misa. El padre Toledo decía que era una niña que siempre iba a visitar al campanario y se creía que era su hija. Todo transcurría con normalidad.

Un día las campanadas no sonaron más, el padre preocupado subió al campanario para ver qué pasaba y se encontró con un cuerpo tirado, no daba señales de vida, pasaron dos minutos y una luz extremadamente potente se le apareció al padre Tapia. El pobre creyente no entendía que pasaba. Una voz gruesa dijo: ´´No te asustes, soy el Ángel del señor, he estado aquí por muchos años custodiando tu pueblo de todo mal´´, el padre respondió: ¿Y por qué te vas?, a lo que el ángel dijo: “Les he ensaño a vivir con la palabra de Dios, ahora lo harán solos, les cuidaré desde la lejanía´´ y se fue, desapareció.

Al día siguiente el padre le contó a todo el pueblo lo sucedido, el pueblo no entendía, pues las campanadas seguían sonando y la risa a las tres de la tarde seguía apareciendo. El padre le dijo que estuvieran tranquilos, pues era el espíritu del señor, que viene a percatarse de que todo esté bien.

Desde ese día las campanadas nunca dejaron de sonar, el pueblo creció y se convirtió en la parroquia que es hoy.

Pocos saben que las campanadas que se oyen a las horas determinadas no son tocadas por nadie, es más creen que son del colegio Sudamericano y las risas a la tres de la tarde siguen siendo escuchadas, pero solo por los que viven a lado de la iglesia, ya que como creció el lugar el ruido ahora es mucho mayor y no se puede apreciar tanto esta señal que según el padre Tapia es del espíritu que un día custodiaba a los ricaurtenses.

Ana Belén Merchán

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